Dos Educadoras Sociales, dos caminos distintos y Alamedillas. [Podcast]

El 20º aniversario de nuestra Asociación es una excusa perfecta para parar y reflexionar sobre el pasado, presente y futuro del sector de la Intervención Social en general y de Las Alamedillas en particular. Compartimos unos minutos de conversación alrededor de un café: los recuerdos se agolpan a la hora de echar la mirada atrás.

Ellas son Teresa Sánchez, profesional que estuvo presente en la gestación de lo que hoy entendemos como el Servicio de Educación Social del Ayuntamiento de Madrid en los años 80,  y Laura Villar, antigua estudiante de Educación Social en Barcelona, que hoy se desempeña como Educadora Social en Madrid.  Ambas comparten reflexiones e ideas muy interesantes sobre la figura del Educador/Educadora  Social. El tiempo pasa, el café se acabó, pero el camino continúa.  Muchas gracias a ambas por vuestro tiempo y reflexión.

Conversación en Podcast

Transcripción de la conversación

Tere,  ¿cuál fue tu primera experiencia trabajando como educadora?Teresa Sánchez Las Alamedillas

Fue en el distrito de Chamberí. Yo había acabado Trabajo Social y me parecía que mis prácticas habían sido pobrísimas; no tenía ningún tipo de experiencia laboral porque había trabajado en un centro de tercera edad y me parecía que eso no era Trabajo Social, así que me fui del distrito de Chamberí. Necesitaba hacer prácticas en septiembre, a la vuelta del verano; en el mes de diciembre me dijeron que se estaba creando una nueva experiencia y que qué me parecía… por aquellos entonces era “asistente social”. Los Educadores Sociales se llamarían en el futuro, no entonces. Las reuniones se hacían en un albergue, en la calle Mejía Leguerica: estuve presente cuando se gestó todo el servicio de ayuda a domicilio. Así que estoy desde el origen; con compañeras como Amparo Echevarría, que fue quien lo gestó. Todavía no existían los estudios de Educación Social, esa formación no existía como tal, eso fue posterior. Me estoy remontando al año 1985. Así se gestó lo que hoy conocemos como el Servicio de Educación Social del Ayuntamiento de Madrid, partiendo del origen de la ayuda a domicilio.

Por aquel entonces no se cobraba, no había un sueldo como tal, sino que las personas cobraban por cada caso en intervención: unas 10.000 pesetas por cada una de las intervenciones. ¡Cuantos más casos tuvieses, mejor! Evidentemente, la gente era muy competitiva.

El perfil de los y las profesionales que buscaban era el de “una persona espabilada”, literalmente. Gente con capacidad de empatía y que pudiese ejercer autoridad sobre los demás.

Laura, ¿dónde estabas tú en el 85?

Con siete años, en la escuela, tan feliz.

¿Cuál fue, Laura, tu primera experiencia como Educadora Social?

Laura Villar Las AlamedillasEstudié Educación Social en Barcelona; el último año de carrera hice las prácticas en una Asociación que se llamaba Ámbit Prevenció, que se dedicaba a trabajar con gente drogodependiente. Terminé las prácticas y me cogieron para trabajar en un programa de intercambio de jeringuillas en el Raval, en el Barrio Gótico, en Montjuic. Estábamos en la calle más potente del Raval, en la calle Robadors, que en 2005 era una zona muy conflictiva.  De hecho, comencé a trabajar sin haber acabado la carrera. Estuve un año y me volví a Madrid.

¿Por qué decidisteis ser Educadoras Sociales?

Teresa: Yo estuve en la gestación de todo, desde la raíz de las cosas. Me atrajo mucho. Al comienzo era muchas reuniones tras reuniones. Mucho del argot que tienen ahora los Educadores y Educadoras tienen su origen en aquellas reuniones. Aquello lo hacía sin cobrar, por altruismo. Eran los años 86 y 87. Todo era generar conceptos, tipologías… eran personas contratadas directamente por el Ayuntamiento. Por entonces la media de casos por Educador/a era de seis, se ganaban unas 60.000 pesetas, te pagaban el transporte también. Luego se contrató a una Asociación que se llamaba Solidaridad Democrática, que estaba por Urgel y que nos hacía ir a fichar allí todos los días… ahí yo ya estaba dentro. Me atrajo el ver cómo se podían llevar a la práctica todas aquellas cosas que me parecían tan teóricas, el ver cómo se sustentaba todo eso en el día a día.  Eran años en que la profesión de Educación Social todavía no existía como tal.

Laura: Cuando entré en la universidad comencé a estudiar enfermería y después de dos años me di cuenta que no era lo mío. Yo no conocía muy bien la profesión de Educador/a Social, pero tenía dos amigas que lo estaban estudiando y me contaron de qué iba, y me di cuenta que estaban muy en consonancia con mis creencias y mis valores. Siempre he creído en la justicia social y decidí hacer la carrera: ¡me gustó mucho!  Creo que en Barcelona y en mi universidad, la formación era muy diferente, muy ideológica, y eso me gustó. Cuando comencé a hacer prácticas y a trabajar profesionalmente, vi que era lo mío.

Tere: Hay que darse cuenta que en aquellos comienzos la formación de la gente era muy dispar: personas que eran médicos, psicólogos, amas de casa espabiladas… entonces había absolutamente de todo. El poder tener un lenguaje común, el poder decir “estamos hablando de lo mismo, tú me entiendes y yo te entiendo” fue complicadísimo. ¡No os lo  podéis imaginar! Yo soy de naturaleza potente, me crispaba la gente  muy dispar; era una amalgama. Todas éramos mujeres; no había ninguna persona del sexo masculino que se preocupase por la profesión. Fue complicado. El Servicio de Educación Social estaba en todos los distritos y había dos personas por distrito. Aquí en Fuencarral, no; aquí había tres.

Laura: ¿cuántos casos llevabais?

Teresa: Depende del momento, pero ya entonces no se cobraba por casos. En el año 87 ya se cobraba un sueldo. Debieron hacer una estimación. Lo primero que se ganaron fueron 60.000 pesetas.  Había una media de nueve casos, pero no había trabajo en grupo, de institutos; era todo como muy asistencialista. Totalmente asistencialista.

Éramos Educadores/as de Familia y  Educadores/as de calle. Hicieron una distinción que a mí me chocaba todavía más: buscaron chavales enrollados que eran los de calle. Literal: chavales enrollados (perroflautas, con un look muy determinado, eran clones…y los otros eran gente que se supiesen desenvolver, que tuviesen capacidad de resolución, pero nada más; en el perfil no había ninguna exigencia más.

Os cuento una anécdota: nos dejaron el cuarto de la fotocopiadora, un espacio lúgubre, sin ventanas, donde entraba todo el mundo (pero tener un cuarto era ya algo que te iba dando cierto peso). Era el centro de Fuentechica (Fuencarral). Cuando venían los auxiliares o los conserjes a hacer fotocopias y nos veían allí (éramos cinco para el Distrito: tres Educadores/as de familia y dos de calle) nos preguntaban: “¿y vosotros/as qué sois?”. Intentábamos tener un discurso coherente: explicábamos nuestra profesión y nuestra función… y nos acababan preguntando “¿y para eso hace falta el BUP?”.  Esa anécdota se me quedó grabada.

Laura: Pero eso lo siguen pensando; siguen preguntando “¿pero tú has estudiado?”. Te llaman asistenta o, incluso en algunos casos, la amiga. A mí me da la sensación que nuestra profesión sigue jugando en “segunda”; se ha ido avanzando respecto a lo que dice Tere, pero a día de hoy -en algunos servicios- no tenemos despacho, no se tienen los medios suficientes… ¡a veces ni el cuarto de la fotocopiadora!  Hay veces que hasta tus propios compañeros siguen sin tener claro qué es un Educador/a Social y para qué está; hay derivaciones de casos a Educación Social que no corresponden al trabajo de un Educador/a; corresponde a otras cosas. Sigue un poco indefinido. En algunos servicios se necesitaría más personal, en otros se mantiene un elevado número de casos. Esto redunda en la calidad del servicio. Y la intervención grupal me parece fundamental.

Tere: El momento más importante a lo largo de estos años fue cuando se definió el perfil profesional; ya no es gente enrollada, ya no se utilizan perfiles peyorativos: decir un ama de casa espabilada o un chaval enrollado me parecía absolutamente denigrante. ¡Y cuando se dotó a la profesión de una titulación! Esto es todo muy competitivo; entras en una competencia con los Trabajadores Sociales que no es real, que por lo menos no es buscada. Uno tiene un título, el otro también; pero el otro tiene una oposición… es una competitividad que no redunda en nada, pero sobre todo cuando sobrepasas esto y le demuestras al otro u otra que yo no estoy compitiendo contigo, que estoy trabajando a tu lado, o que vamos a trabajar juntos…; es entonces cuando se salvan estas historias, cuando tienes derecho a un despacho, cuando tienes una línea de teléfono, cuando puedes mandar un fax sin que nadie te pregunte “¿tú quién eres, tienes el BUP?”. No es necesaria esa competitividad, no es necesario llegar ahí.

¿Qué tal lleváis la carga emocional que supone trabajar con este tipo de población (personas en riesgo de exclusión social)?

Tere: La carga emocional de este trabajo es inevitable; las emociones de las familias te llegan y se conjugan con las tuyas. Somos personas que no trabajamos con tornillos. Cuando acaba mi día, evidentemente, le doy una vuelta al caso: sus problemas son, desgraciadamente, suyos; yo soy alguien que puede colaborar, que puede dirigir o matizar determinadas cosas, dar opciones, pero yo no padezco sus problemas. No me parecería sano.

Laura: Yo no llevo tanto tiempo en esta profesión, pero al comienzo sí que me afectaba a nivel personal, sí que me iba a casa y me acordaba más… ¿ahora? Muchísimo menos; lo dejo en un segundo plano. Al final es cuestión de supervivencia, de salud emocional. De otra forma no puedes trabajar; pero, aun así, tengo casos que me dan un vuelco al estómago.

¿Qué caso se os ha quedado grabado en vuestra memoria?

Tere: Recuerdo la primera vez que tuve que visitar un domicilio. Fue en Chamberí, fue una situación tremenda. No se pudo hacer nada desgraciadamente.  Yo era un jovencita de 20 años metiéndome en un domicilio. Hasta entonces yo había estado teorizando mucho sobre tipologías, nivel de intensidad, claves de la intervención… todo ese tipo de cosas;  y cuando yo pasé a ese domicilio y vi que ésa era la realidad de mi trabajo, pensé de todo.  Esa familia no se me ha olvidado; no se me olvidan los nombres, los apellidos, la dirección. Lo tengo archivado. Todo lo que hasta entonces era teoría, papel… allí se convertían en olores, sensaciones, personas… y todas las incertidumbres del mundo que tenía.

Laura: Me derivaron a una familia que era un padre y un hijo. El chico tenía 21 años, y la presentación del caso fue un poco del tipo  que la educadora va a ser “tu amiga”: ésta es la que te va a buscar amigos. Entendí que lo que había que trabajar era el ocio y ver qué pasaba. Rascando y rascando en el caso comprobé que el chico tenía el Síndrome de Asperger, pero no estaba diagnosticado. El chico con 21 años no sabía atarse los zapatos, no sabía afeitarse, no sabía hacer las tareas básicas. Nadie se había planteado que le podía pasar algo. Entonces fue el acompañamiento hacia el diagnóstico y hacia la concienciación. Hubo una aceptación tal, que le llevó a dar un impulso muy positivo. A mí, por ejemplo, me emocionó que cuando se cerró la intervención, el chico me dijo que me tenía que contar una cosa y se empezó a atar los zapatos, pues lo había aprendido con la ayuda de un terapeuta. Esa intervención me emocionó.

¿Qué supone para vosotros trabajar en Alamedillas?

Laura: Yo he trabajado con otras Asociaciones y empresas, y tengo que decir que Alamedillas supone algo diferente, una forma de trato hacia sus trabajadores muy diferentes, muy cuidadoso. Para mí es un lujo trabajar con Alamedillas comparándolo con los otros sitios donde he estado. Es un poco como una gran familia. Desde coordinación, recursos humanos, administración, todo el mundo es muy cercano. Yo me he sentido apoyada prácticamente siempre. Muy cuidada como profesional, y eso es algo que me gusta.

Tere: Yo me he sentido muy cuidada en Alamedillas. Tengo a bien presumir que las personas que están en Alamedillas, en la sede me refiero, porque los demás son compañeros y es otro nivel con otro tipo de relación, cuidan mucho al trabajador. Si me remonto a mi perspectiva histórica, decir que ha habido una criba y esto ya se está sustentando en profesionalidad, que creo que era necesario. Me siento muy escuchada, muy cuidada, muy tenida en cuenta.

¿Cómo veis el fututo del sector?

Teresa: Yo estoy expectante, no tengo ni idea. Todas las políticas sociales dependen de los gobiernos: ¡no sé qué va a ocurrir!. Tenemos en ciernes unas elecciones autonómicas y municipales… las políticas sociales dependen del partido que esté en el gobierno y de la ideología que esté en el partido, y eso ha sido siempre así. Desde luego lo nuestro no vende. Nuestro colectivo, al que va dirigida nuestra labor, no es indicativo de nada, no se deja oir. Debería ir a que esta gente fuese vista, que tuviese la posibilidad de decir cosas. Y eso no le interesa a nadie.  Siempre visualizo la labor del Educador/a como las estalagmitas, que va gota a gota, pero cuando te quieres dar cuenta ha llegado al techo; pero hasta que llegue allí es una tarea muy ardua.  Pero bueno, allá vamos, gota a gota.

Laura: Yo también estoy expectante y los cambios políticos que están por venir nos van a orientar hacia un lado o hacia otro. También hay una privatización del sector y externalización de todos los servicios. Dependerá de quiénes nos gobiernen y de lo que quieran.

¿Qué os aporta ser Educadoras?

Tere: Yo aprendo todos los días. A lo mejor es algo mío, muy particular, pero yo me tengo que emocionar con las cosas que hago. Si no me emociono no estoy, y si no estoy, me voy. Mi trabajo me emociona, me aporta, me estimula, me motiva, Me gusta lo que hago, desgraciadamente (se ríe).

Laura: Es el aprendizaje, el encuentro con gente tan brutal que haces -en el día a día- con compañeros y compañeras. Es un aprendizaje que no acaba nunca. Cuando ves que hay cositas que se van cambiando, te motivas para continuar. Te hace ver que tu realidad no es la realidad.  Te hace ver que hay tantos puntos de vista y tantas realidades, que también te hace relativizar un poco tu vida.

Si hacemos un ejercicio de autocrítica con nuestro sector de la intervención social, ¿qué diríais?

Laura: Tenemos que visibilizar más nuestro sector. Somos gente muy reivindicativa, pero no con lo nuestro, hacia nosotros mismos. Para que se nos considere, para que se nos vea, nos movemos muy poco. Nos deberíamos mover más.

Por último, unas palabras con motivo del 20º Aniversario de Las Alamedillas.

Teresa: Hay que seguir creciendo. Yo llevo en Alamedillas desde el 2000, pero hay que seguir creciendo; hay que seguir evolucionando, apostando por nosotros y por nuestra profesión. Nada de acomodarnos y pensar que está todo hecho. Hay que seguir.

Laura: Me gustaría seguir creciendo con todos vosotros y vosotras, pues he conocido gente alucinante. Además, ¡cambiando tanto de distrito he conocido a muchísima gente! Entonces, crezcamos juntos, todos.