Metamorfosis de los pecados capitales

Metamorfosis de los pecados capitales

Pasé la mayor parte de mi infancia de internado en internado, por diferentes razones. La mayoría de estos centros estaban dirigidos por religiosos/as que se ocuparon en enseñarme lo que NO tenía que hacer, e invirtieron mucho tiempo en convencerme de que era un ¡GRAN PECADOR!

Sentirse pecador no es agradable y, ya que no podía dejar de serlo, decidí sacarle provecho.

Comencé a transformar las cosas que NO debía hacer en alternativas positivas que me hicieran sentir mejor. Y reconozco que merece la pena. Os confieso algunos de mis pecados.

Primero: La IRA.

Aparentemente soy un hombre tranquilo; pero en ocasiones me paso el día cabreado, enfadado e iracundo por las situaciones en las que se encuentran algunas de las familias que atendemos. Jornada de trabajo interminable (quien tiene la suerte de trabajar), sueldos ridículos, jefes maltratadores, etc. Y la crisis no ayuda. Con toda esta locura -en ocasiones- tengo contracturas musculares y malas digestiones. ¡Mal negocio!

Cuando pasa esto, me doy cuenta que dejo de escuchar a las personas que tengo enfrente. Paro la cabeza para no irme por las ramas, respiro, me relajo…  y cuando estoy tranquilo comienzo a encontrar propuestas para mejorar la situación.

Segundo: El ORGULLO.

Niño orgulloso, niño asqueroso. ¿Os suena? Pues reivindico el sentirme orgulloso, sin culpa por motivos que lo merecen.

Me siento orgulloso cuando alguno/a de los chicos o chicas con los que trabajamos consigue algún objetivo importante para él o ella; o cuando alguna familia progresa y mejora su situación.

También me enorgullece cuando se reconoce de mi trabajo, se escucha mi opinión y se valora mi criterio.

Tercero: La VANIDAD.

Me cuesta mucho escuchar halagos o que me digan que hago algo bien; en las épocas de más trabajo y estrés, lo necesito para subir y mantener alta la autoestima.

Me gusta animar a las familias con las que trabajo y piropear sus logros y los pasos que dan para conseguir sus objetivos.

Esto me sirve como vacuna para mi mal, y poco a poco disfruto más de escuchar “lo bien que hago mi trabajo”.

Cuarto: La ENVIDIA.

Me enseñaron que ser envidioso era MUUYY… malo y, por supuesto, pecado. “Lo bueno es la envidia sana”. ¿¿¿¿¿¿Qué es eso de la envidia sana? Si eres envidioso, eres envidioso… ¡y me confieso ENVIDIOSO!

Cuando noto que tengo envidia de alguno/a de mis compañeros o compañeras, me paro e investigo cual es la razón y, sin ningún pudor, copio lo que hacen bien y lo incorporo a mis recursos. La envidia desaparece y se transforma en agradecimiento por lo aprendido. Parece que la envidia tiene su parte positiva: ¡si algo funciona, cópialo!

Quinto: La AVARICIA.

Acaparar no es bueno. Tienes que compartir tus cosas con los más necesitados para ser una buena persona.

Está bien ser solidario;  pero, en la mayoría de las situaciones, el asistencialismo anestesia la motivación de superar la dificultad por la que se está pasando, y algunas personas o familias pueden acomodarse a sobrevivir con lo mínimo sin plantearse mejorar.

Me encanta “acaparar”. Acaparo experiencias y conocimientos. Soy un culo inquieto y me gusta entender cómo funcionan las cosas, personas, sistemas humanos, etc. Y me siento muy bien por ello. Por esto, cuando se incorpora una persona nueva al equipo de educadores/as, disfruto mucho compartiendo y aprendiendo otras formas de desarrollar nuestro trabajo.

Otro aspecto en el que me permito ser avaricioso, es en que cada día mejore mi entorno; cuanto mejores sean las personas que me rodean, mejor me sentiré. Lo hago extensible a las familias, personas, grupos… con los que trabajamos.

En el pasado me daba reparo ver que hay familias que viven con recursos muy inferiores a los míos; con el tiempo me he dado cuenta que, gracias a mi situación, tengo mis necesidades cubiertas, puedo estudiar y dedicarme a esta profesión. ¡Y os aseguro que no lo hago para hacerme rico!

Sexto: El MIEDO/COBARDIA.

De niños jugábamos a superar todo tipo de riesgos. Nos retábamos en pruebas de lo más absurdas y peligrosas. Si eras cobarde no tenias sitio en la pandilla. De adolescente me mostraba muy lanzado y poco consciente de los riesgos de alguna de mis acciones. Todo esto ha cambiado.

Escuchar las sensaciones de miedo/precaución me ayuda a valorar riesgos y prevenirlos, sobre todo cuando realizo actividades con menores.

Cuando noto que acelero demasiado y propongo alternativas que la persona que tengo frente a mí no puede realizar, paro y replanteo la situación con más calma y cautela.

Una parte positiva de actuar sin miedo es cuando aporto un pequeño empujoncito a determinada persona o familia para que se atrevan a probar alguna de las propuestas que les sugiero.

Ser temerario no es recomendable, pero no se puede vivir con miedo.

Séptimo: La GULA.

Dicen que todos los excesos son malos, pero ser un poco “goloso” puede ser muy beneficioso. La gula moderada puede saciar la necesidad de autocuidados que, de otra forma, no atenderíamos.

Tiene otra función importantísima: el disfrute de lo que hacemos en nuestro día a día. Como reza un dicho popular, “mejor que zozobre que no que fafalte”.

Octavo: La LUJURIA.

¡Este sí que era un pecado gordo!

Durante muchos años, no celebraba mi cumpleaños por considerarlo un gasto innecesario. ¡Qué pena!

Cuando una familia te cuenta sus “calamidades” está bien ayudarla a que tome conciencia que, aunque este momento no sea el mejor, seguro que tiene algo positivo. Por muy complicada o desesperada que sea una situación, siempre hay razones para celebrar las cosas positivas, por pequeñas que sean.

En las intervenciones grupales es muy importante celebrar con los chicos y chicas todo tipo de fiestas, recordar los cumpleaños, mostrar los logros, meriendas etc. Dicen que cada carcajada te alarga la vida. Pues a reír.

Noveno: La PEREZA.

Tienes que hacer, hacer, hacer… Si no produces o abandonas, estás muerto. Pararse es perder el tiempo. Descansar es de vagos. Si te suena todo esto, seguro que estás de los nervios.

Descansar es necesario, es recomendable, es imprescindible y previene problemas de salud por agotamiento y estrés.

Hace un tiempo me molestaba la apatía de algunas familias para cambiar su situación, sin darme cuenta que cada persona tiene su ritmo vital característico y que tener “ritmo lento” no significa ser perezoso. He aprendido a respetar los diferentes tiempos para realizar las tareas necesarias para que las familias alcancen sus objetivos, y aceptar los procesos por los que pasan.

Parar de hacer y parar de mandar hacer, es la única manera de poder reflexionar y evaluar la situación en la que nos encontramos para buscar y encontrar alternativas que mejoren conflictos.

En resumen:

Con nuestro trabajo, influimos a pequeña escala para formar personas más capaces y dueñas de sus destinos.

Por lo tanto, compañeros y compañeras, os animo a seguir “pecando” y transformar vuestros pecados capitales en virtudes y habilidades para seguir ayudando a las familias y personas  -con las que trabajamos-  a transformar y mejorar el mundo en que vivimos.

Juan Luis Cebrián Muñoz

Educador Social

Distrito de Arganzuela (Madrid)